Intervención de Isabel Celaá Dieguez en la Sesión plenaria del parlamento vasco celebrada el 22 de Diciembre de 2008
Señora presidenta, señorías, lehendakari, señora consejera de Cultura.
Nos anima hoy el único objetivo de restablecer la confianza perdida en la gestión del Museo Guggenheim. Una institución muy querida de todos nosotros, sosteni
da con nuestros impuestos y que pasea el nombre de Bilbao y de Euskadi por el mundo.
Nos gustaría hoy, que nuestros grandes titulares en materia cultural fueran otros, pero para que sean otros mañana es preciso invertir hoy tiempo y esfuerzo en la investigación de lo sucedido. Somos nosotros −esta Cámara− los primeros interesados en que esta situación se aclare. Si bien el futuro del museo, que es de todos, esa es
nuestra ambición y eso es lo que vamos a intentar hacer.
Nosotros, señorías −es conocido− los Socialistas Vascos apostamos por el Guggenheim desde el primer momento. Nuestro compromiso con este proyecto fue clave para que saliera adelante y no nos arrepentimos de aquella decisión. Al contrario, nos alegramos profundamente de que este museo haya arraigado con fuerza en la sociedad vasca, convirtiéndose en un elemento tractor en la recuperación de Bilbao y en la dinamización de nuestra economía.
Hoy el Guggenheim coloca el País Vasco, en la ruta mundial del arte. Es un verdadero referente, una institución cultural emblemática de Euskadi y queremos que lo siga siendo. Y por eso precisamente, estamos especialmente empeñados en limpiar el buen nombre del museo, que es por suerte, algo más que Cearsolo, algo más que Vidarte y algo más que la actual consejera de Cultura.
Porque el Guggenheim señorías, no es propiedad privada de nadie, ni de un particular, ni de un partido. Es propiedad de todos los vascos, que tenemos derecho a que lo que es de todos, se gestione con honestidad y transparencia en beneficio del conjunto de la sociedad vasca.
Y de eso, y no de otra cosa es de lo que nos toca hablar hoy. Estamos hablando de una clamorosa falta de honestidad y de transparencia en la gestión del museo. De lo mal que ha estado guardado el patrimonio común. De un escándalo que por sus características y sus dimensiones, por todo lo que arrastra, ha provocado alarma y desmoralización en la sociedad vasca.
Y ha obligado a este Parlamento a intervenir a través de una comisión especial de investigación y he de recordarles −quiero recordarles−, que el objetivo de aquella comisión acordado por unanimidad fue el siguiente: la opacidad, la falta de transparencia y las faltas de control en la gestión económica y financiera del Museo Guggenheim, hacen que debamos analizar en la comisión las decisiones de los órganos directivos del conjunto del museo y sus sociedades. Y las adoptadas también en el seno del Gobierno Vasco y la Diputación Foral de Bizkaia, en sus Departamentos de Cultura y Hacienda, en lo
concerniente a sus responsabilidades administrativas en el museo y sus sociedades.
Y he querido recordar esto, que todos los grupos parlamentarios aprobamos en esta Cámara. Porque contra este criterio acordado por todos, han surgido voces interesadas en deslegitimar a este Parlamento. Porque se ha orquestado toda una campaña indigna, infame, contra la institución representativa de todos los vascos, contra la mayoría de las fuerzas políticas representadas en esta Cámara por cumplir con su obligación, con nuestra obligación señorías.
Porque hay maniobras partidistas, radicalmente antidemocráticas para doblegar a los representantes de la sociedad vasca y hacernos desistir de un trabajo que nos compete y para el que fuimos elegidos, el de ejercer el debido control sobre la gestión de los bienes públicos.
En nombre de mi grupo, señorías, yo denuncio esas maniobras y deseo que los demás grupos de esta Cámara favorezcan y defiendan este Parlamento de igual manera.
Advierto en esta Tribuna que la soberbia de algunos que siguen creyendo que Euskadi es suya, no va a poder con el Parlamento Vasco. No va a esterilizar el trabajo y las funciones que sólo a esta Cámara corresponde.
Como ven señorías, aquí no estamos hablando sólo del caso Cearsolo. Estamos hablando también, de aquello que ha hecho posible ese desfalco continuado a lo largo de diez años por parte del que fuera director financiero de la Fundación Guggenheim y contaba con la máxima confianza del apoderado, del director general del museo Juan Ignacio Vidarte. Y estamos hablando también, y a la vista de ciertas reacciones de última hora, de la defensa de nuestras instituciones democráticas de autogobierno.
Porque en el desfalco que Roberto Cearsolo, representa señorías, una versión actualizada del dedo que apunta a la luna del proverbio oriental. El estúpido −como saben− se fija, se limita a mirar el dedo cuando lo más importante es mirar lo que el dedo está indicando.
Es muy grave. Es una vergüenza el hecho de que el desfalco de Cearsolo se haya producido, pero más grave aún, es que ese desfalco haya sido un producto directo de la opacidad que ha imperado en todo lo concerniente a la marcha del Museo Guggenheim. Porque el museo ha sido desde su nacimiento un coto cerrado impermeable al control del Parlamento y de exclusiva propiedad del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco y de la Diputación Foral de Bizkaia.
Ha sido un museo público a la hora de ingresar dinero y privado a lahora de responder al control. Desde el inicio de su construcción y puesta en funcionamiento, las compras y la contratación del personal se hicieron sin respetar en un caso la publicidad y concurrencia y el mérito y la capacidad en el otro. No lo digo yo, lo confirmó el Tribunal Vasco de Cuentas Públicas en su informe sobre el proceso.
Aunque el director general para no aceptar siquiera las conclusiones del Tribunal Vasco de Cuentas, llegó a contratar a gabinetes de abogados para argumentar que el entramado Guggenheim no estaba constituido por entidades públicas y que por lo tanto, no estaban sujetas a la legalidad aplicada por el Tribunal Vasco de Cuentas.
Nos encontramos pues, con que el director general de una entidad, que gestiona en interés público obras de arte adquiridas por las instituciones públicas mediante los presupuestos públicos, una sociedad pública asentada en otra sociedad pública, como la inmobiliaria. Ese director general como digo, defiende que lo que hace es una actividad privada, y por tanto ajena a los principios de igualdad e interdicción de la arbitrariedad que regulan el gasto público.
Desde tal perspectiva, se trata la opinión del Tribunal Vasco de Cuentas Públicas −como si fuera cualquier opinión− sin aceptar que es el supremo órgano fiscalizador de Euskadi.
Y en esto el señor Vidarte es apoyado por el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco y de la Diputación Foral de Bizkaia sin pestañeo. Es más, la consejera de Cultura de este Gobierno, se convierte en la portavoz del
museo y todos dicen lo mismo que Vidarte.
Y ahí empieza toda la historia, así que repasémosla empezando por el principio. Y el principio, el descubrimiento de las graves irregularidades ocurridas en el Guggenheim, no está ni en el celo mostrado por el director del museo, ni por el Gobierno Vasco, sino en la fiscalización de la compra de dólares por parte de la sociedad tenedora puesta en marcha por el Tribunal Vasco de Cuentas, a requerimiento unánime de este Parlamento Vasco.
No lo olvidemos porque esto es relevante, porque es casualmente y sólo cuando el Tribunal Vasco de Cuentas empieza a investigar, cuando salta el escándalo. Vayamos a los hechos. Primero, señorías ha quedado probado que las sociedades instrumentales inmobiliaria y tenedora carecían de instrumentos públicos de control interno y externo, lo que hizo posible el desfalco.
Falta de control interno, al haber delegado Juan Ignacio Vidarte indebidamente la gestión de la tenedora en manos de Roberto Cearsolo, una sola persona, sin aplicar los controles que regían en la fundación.
Falta de control externo porque desde 1998, el señor Vidarte, había adoptado la decisión de que ninguna de esas dos sociedades, se sometiera a una auditoria externa, a diferencia de lo que ocurría con la fundación.
Segundo, Cearsolo era el hombre de confianza de Juan Ignacio Vidarte, y en calidad de tal fue presentado a la BBK, por el propio director general del museo.
Cearsolo manipuló los libros de cuentas, falsificó la firma, se hizo con una firma electrónica, pero nadie le controlaba, de aquí obviamente se deducen responsabilidades del apoderado general, culpa invigilando del propio señor Vidarte que siendo el administrador único de la sociedad mantenía patrimonio público sin control alguno, ni interno ni externo sobre su gestión.
Tercero, sigue sin aclararse señorías cómo se detectó el desfalco, ni el mayor experto del mundo detecta un desfalco por la simple visión de una conciliación de cuentas bancarias como nos ha contado el subdirector señor Dobaran.
El propio señor Bidarte, nos dio la clave, declaró en la Comisión de Educación que lo que hacía Cearsolo era difícil de detectar, salvo que se entrara en una investigación, para lo cual añadió, tiene que haber algún tipo de sospecha que induzca a la investigación.
Este es precisamente el punto de vista que compartimos, por eso pensamos que cuándo el subdirector señor Dobaran entra en los libros de Roberto Cearsolo en el museo, existía ya el conocimiento, o al menos la sospecha cierta del desfalco.
Nunca se nos ha dicho la verdad al respecto. Pero por ahí va la verdad.
Cuarto, compra de dólares. El señor Vidarte no ha dado ninguna explicación convincente de por qué se compraron dólares en 2002. No hubo asesoramiento, se mintió a este respecto tanto al Parlamento como a la opinión pública.
La pésima gestión del señor Vidarte ha provocado una pérdida de más de ocho millones de euros. Primero, por apostar con dinero público en la gestión de una cartera de divisas. Se compran dólares no para pagar, sino por si suben y eso es especular.
Segundo. Por realizar operaciones de seguro de cambio puramente especulativas que no aseguraban nada, por que no se correspondían con compras de obras de arte, cuyo precio se quiere asegurar. Tercero. Por empeorar aun más la situación aplazando los vencimientos de la operación forward plus, en vez de cancelarla o cerrarla cuanto antes.
Y cuarto. Por comprar todavía más dólares en el mercado, con lo cual se incrementaron las perdidas. Además sostenemos que el señor Vidarte conforme al apoderamiento del 26 de abril de 1995, vigente hasta el 8 de julio de 2008, no tenía poderes para suscribir esas operaciones.
Quinto. Contabilidad. La sociedad aplica criterios contables a su antojo, para camuflar las pérdidas originadas por las compras de divisas, sin hacer constar los cambios de criterio ni en las memorias ni en las cuentas.
A partir de 2004 y hasta 2006, se esconden las pérdidas incrementando el valor del activo inmovilizado en contra de los principios de contabilidad generalmente aceptados. Lo que tuvo que ser corregido, y lo fue, tanto por el Tribunal Vasco de Cuentas Públicas en su informe emitido en 2007, como por la auditoria (...). Esta forma de actuar, afectó la imagen fiel de la sociedad tenedora.
Sexto. Agujero financiero patrimonial. El señor Vidarte se ha obstinado en negar un dato que conoce perfectamente y que, además, es inapelable. Y es que la sociedad tenedora precisa de una ampliación de capital de carácter finalista para cubrir el agujero financiera patrimonial a 31 de diciembre de 2007.
Su balance de gestión a esa fecha, la situación de su balance, es negativa, señorías. Por lo que, utilizar los seis millones de euros de 2008 para cubrir este agujero, en vez de comprar obra de arte, no es otra cosa sino desviar el fin de esos seis millones de euros que tienen que cumplir el Plan de Actuación 2008-2012.
Séptimo. Se ha mantenido una actitud de ocultamiento, obstrucción y confusión por parte de los gestores de las sociedades del museo.
Desde el 1998 no se auditan las sociedades instrumentales, y el consejo de administración de la tenedora, ha delegado sus funciones en un apoderado genera. El cual, a su vez, las ha delegado de hecho, que no de derecho, en alguien ajeno a la sociedad que ha actuado como jefe absoluto de la misma sin control efectivo de nadie.
Todo ello ha desembocado, señorías, en unas pérdidas de 8.398.315 euros, por compra de dólares. Lo que motiva uno de nuestros dos votos particulares.
En un desfalco de 557.000 euros, y en una situación técnica, de extremada falta de liquidez de la tenedora a 31 de diciembre de 2007, que sólo podrá resolverse mediante una aportación extraordinaria de los socios, de al menos, 5 millones de euros. Lo que motiva nuestro segundo voto particular.
Y pese a todo lo ocurrido, la actitud de los gestores del Guggenheim ha sido negar. Negar hasta lo expuesto con toda claridad por el Tribunal Vasco de Cuentas Públicas, tratando la opinión del máximo órgano fiscalizador e interventor de esta comunidad como si de cualquier lego se tratara.
Señorías, lo sucedido no es sino el lógico desenlace de una historia que empezó con oscuridad e incumplimiento de la legalidad. Se desarrolló con más incumplimientos legales y opacidad contable. Y ha terminado con delincuencia común y pérdidas sin precedentes.
El señor Vidarte es responsable de lo sucedido. Es, además, culpable. Hizo dejación de sus funciones como administrador único. No debió haber mantenido la gestión de dos sociedades instrumentales sin control interno ni externo.
Sus poderes no incluían la suscripción Forward Plus por 13,3 millones de euros. No cuidó la imagen fiel de la sociedad, no auditó la sociedad, no tuteló las irregularidades de Cearsolo. Y, además, ha tratado de confundir al Parlamento y eludir su responsabilidad. No merece seguir en el cargo.
Y lo mismo cabe decir de los componentes del consejo de administración, empezando por su presidenta la consejera de Cultura que, en todo momento, ha hecho causa común con el señor Vidarte. Y, por eso, ha recibido ya la censura de la abrumadora mayoría de este Parlamento, tal y como se recoge en el dictamen que hoy vamos a votar.
Una censura que es hoy más pertinente que cuando se elaboró el dictamen, señora Azkarate. Porque usted no ha mostrado el menor propósito de la enmienda, no ha colaborado nada. Más bien ha actuado con una actitud desafiante e injuriosa hacia esta institución. Esto le incapacita a usted para seguir siendo consejera y, más aún, portavoz del Gobierno.
Reconozco, señora consejera, que el momento es duro para usted y me conduelo con ello. Pero es en estas situaciones precisamente cuando un representante político tiene que saber estar y asumir sus responsabilidades con gallardía. Y usted no ha sabido estar a la altura que el momento exige. Y ha sido incapaz incluso de cumplir la palabra que empeñó en este Parlamento.
Usted dijo, y lo dijo textualmente: "Apoyaremos y nos vincularemos con el trabajo de este Parlamento". Pues bien, ni apoyo ni mucho menos vinculación. Hace unos días, lo que es peor aún, no ha dudado en arremeter de manera grosera contra el Parlamento Vasco y su Comisión de Investigación, a la que acusa de revolver la porquería. Dejémoslo en esos términos.
Y esto es algo gravísimo que el Parlamento no puede tolerar ni puede dejar pasar. Y en cualquier caso, señora consejera, quien insulta a una Parlamento como usted lo ha hecho, está incapacitado para gobernar.
Aunque sólo fuera por eso, señora Azkarate, debería usted presentar la dimisión ante el lehendakari.
Y hasta aquí, efectivamente, ha sido la presentación de los resultados de esta comisión, una responsabilidad nuestra, pero a partir de ahora empieza la suya señora.
Y concluyo ya señorías, para decirles de una manera muy sucinta lo siguiente, es posible que ocurriera mucho más pero desde luego lo que no ocurrió fue menos que lo que esta comisión ha declarado.
Así que, que nadie tenga la tentación partidista de emprender campañas de agitación para deslegitimar el trabajo de investigación de este Parlamento.
Que nadie confunda defender lo que es de todos, con poner a todos de escudo para eludir las responsabilidades políticas o derivadas de una mala gestión.
Es precisamente esta concepción patrimonialista de algunos la que nos ha traído hoy hasta aquí. Esta apropiación política del espacio cultural es la que está en el núcleo de lo ocurrido. Ese curioso modelo de lo público – señorías he de decirles hoy– afortunadamente ha caducado.
Así que frente a la actitud contracultural, vergonzosa y antidemocrática de algunos de asfixiar el debate, la nuestra es justamente la contraria, sobre todo la de algunos que en este Parlamento han sostenido sus posiciones, con valentía, a pesar de la presión.
La nuestra es justo la contraria, abrir puertas y ventanas para permitir que la cultura de airee, que el libre pensamiento florezca y que la verdad se restaure. Hoy nos toca mirar atrás, a pesar de todo, sin ira, y lo haremos y lo hacemos con la firme convicción de que la luz tiene que abrirse paso en la niebla, y del que sufrimiento necesario nos va a conducir a la madurez y a la empatía.
No hay en nosotros consideración alguna de oportunidad, hay deber político y moral de esclarecer lo ocurrido para recuperar la credibilidad en nuestras instituciones. Hay rendición de cuentas ante la sociedad vasca que no quiere el ocultamiento ni la confusión. Hay, señorías, levantamiento del velo y es irresponsable poner en tela de juicio el intento genuino y el enorme trabajo que nos ha llevado al esclarecimiento de la verdad.
En contra de lo que algunos afirman, este debate no va a debilitar al Guggenheim, más bien lo va a fortalecer. Que nadie se atreva, pues, a afirmar, si no quiere caer en la desfachatez, que el debate legítimo, necesario y clarificador sobre lo que ha ocurrido, procede de aquellos que sólo pretende minar la confianza en el museo.
Es justo al revés, son otros los únicos responsables de la mala imagen que ha sufrido el Guggenheim Bilbao desde que se conocieron las primeras irregularidades. Lo es quien cometió el desfalco y quien fue incapaz de controlarlo durante diez años. Lo es quien manejó dinero público como si de su cartera de divisas se tratará, y lo son también, los sucesivos representantes políticos que sentándose en los consejos de administración han relajado su atención en el manejo de los recursos públicos.
Así pues, que nadie, señorías, busque fantasmas en castillos ajenos porque los fantasmas sólo habitan en sus propios castillos.
Nada más y muchas gracias.
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